• LA PRENSA HA DICHO:

  • Sobre "SERENATA PARA UN PAÍS SIN SERENOS". (EL PAÍS - LA REPÚBLICA - ARTEZBLAI)
  • Sobre "María La Jabalina 1942-1917". (En Platea)

 

  Rescatar del olvido la memoria anónima

En Platea

 

Con MARÍA LA JABALINA, Lola López, a modo de teatro documento, da voz a una miliciana anarquista anónima fusilada en 1942 por el franquismo. El ejercicio de memoria es ejecutado a través de distintos lenguajes escénicos que se combinan para enriquecer el conjunto de la obra.

En la blanca sala Palau i Fabre de La Seca – Espai Brossa, seis focos iluminan la vida tendida en escena de María Pérez Lacruz. Esta se conforma de fotografías suyas, de la familia ante su tumba, de una hermana; de los libros que contienen su ideología política anarquista; de carteles con ilustraciones de milicianos, como lo fue ella, primera mujer herida en el frente en agosto de 1936; de las pinturas que decoran una parte de la escena, obra de Jaime G. de Haro; de una silla humilde y una mesa de madera…

Una proyección −recurso muy presente a lo largo del montaje− abre el espectáculo mostrando en imágenes un resumen de los cambios que vivió España durante la década de los años veinte y treinta del pasado siglo, con especial hincapié en la contienda fratricida y el papel de las mujeres en ella. Mientras, la republicana ¡Ay, Carmela! suena en los altavoces para situar inmediatamente al espectador, que sabe y ratificará una vez más, a pesar del espíritu de la canción, lo que pueden las bombas incluso donde sobra corazón.

En este marco, la actriz, encarnando primero el papel de la ficticia nieta de la protagonista, presenta el espectáculo casi como si de una conferencia se tratara. Propone un documental escénico que se inicia en 1959, año en que muere la madre de María La Jabalina, quien jamás se resignó a aceptar su asesinato, y que termina en 1917, año del nacimiento de la joven. Para mayor claridad, las proyecciones marcan con títulos e imágenes los capítulos de la historia, que es contada también en la voz de esa madre que injuria a los asesinos, en la de los asesinos mismos, y en la de la propia protagonista.

La dramaturgia está construida a partir de los documentos reales del caso, desde las cartas que escribió a la familia durante sus años de prisión, hasta la sentencia de su juicio sumarísimo, pasando por los informes policiales de las delaciones. A esta carga realista, que se apoya además en la biografía publicada por Manuel Girona Rubio, la intérprete y dramaturga añade poemas y textos de César Vallejo, Miguel Hernández, Félix Grande, Albert Camus, Frederica Montseny o Francisca Aguirre –quien le encargó el espectáculo−, entre otros. La combinación de dos estéticas tan distintas como la lírica, interpretada desde la emoción, y la documental, que establece de por sí una objetividad distanciadora, crean una amalgama textual un tanto irregular que por momentos estremece y por otros impide que el público se implique en lo que se le está contando, sin que ello se corresponda necesariamente con la emotividad o no de la interpretación.

Dicha interpretación, además, se sustenta en la versatilidad de voces y estilos que confluyen en el espectáculo. Lola López, también directora del montaje, adecúa cada escena en un espacio y la caracteriza con un tono y un vestuario. Para presentar la farsa que supone el juicio al que someten a la inocente acusada, por ejemplo, se vale de muñecos infantiles a modo de títeres que resalten el carácter del contenido. Así, más que un monólogo, el montaje puede percibirse como un conjunto de soliloquios, ya que la actriz se acompaña de diversos recursos con presencia durante los setenta minutos de espectáculo.

Tampoco olvida la importancia del espacio sonoro que envuelve desde el principio el montaje y ayuda en los cambios de vestuario y transiciones: canciones de la guerra, retransmisiones radiofónicas de aquellos días, célebres coplas y pasodobles –no podía faltar Suspiros de España, aunque sea en la versión de “En tierra extraña” de Piquer− textos en off, ráfagas de fusilamiento… Todo contribuye a recrear el tiempo en el que vivió María.

La elección del personaje tiene mucho de personal, ya que la artífice del espectáculo es del mismo pueblo que María Pérez Lacruz, Puerto de Sagunto –sede también de la compañía que produce el montaje, la valenciana Companyia Hongaresa de Teatre, fundada en 1995 por López junto a Lluïsa Cunillé y Paco Zarzoso−, y se implicó rápidamente en las indagaciones sobre el caso.

Si bien pueden encontrarse historias aún más atroces y dramáticas durante los oscuros años de dictadura militar, lo realmente destacable de esta apuesta escénica es hacer visible lo invisible, hablar de lo silenciado, dar nombre al anonimato, rescatar del olvido una historia que puede ser todas las historias, apostar por la memoria de nuestra guerra «incivil» −como la llaman en el montaje−, abogar por la verdad y la justicia, restituir la dignidad de los vencidos, de las víctimas, tantos miles asesinados, otros tantos exiliados, todos ellos borrados del mapa durante décadas, demonizados como María La Jabalina por el discurso oficial.

Por todo ello, es necesario y valioso este ejercicio de memoria. Y qué mejor modo de hacerlo que desde el escenario, en un formato de proximidad con el público, para que al salir del teatro sea un poco más consciente de lo que supusieron y aún suponen los estragos de una dictadura.

Crítica realizada por Esther Lázaro

 

 

El alma se serena

La compañía Hongaresa de Teatre hace la autopsia poética y musical del presidente de un club de fútbol, pródigo en prestidigitaciones financieras

 

 

 

Velatorio del presidente del Rapid Sport Club. Miles de aficionados le cantan, pero nadie le llora. En Serenata para un país sin serenos,Lluïsa Cunillé y Paco Zarzoso, dramaturgos de L’Hongaresa de Teatre, hacen la autopsia poética de un hombre prominente, pródigo en prestidigitaciones financieras. A través de diálogos bernhardianos, hablan del finado su segunda esposa y su hijastro, encarnados por Lola López y Miguel Seguí, y un ramillete de secundarios (incluido un testaferro, presidente de una espectral cofradía de serenos), a los que la violonchelista Aida García presta voz a través de su instrumento.

SERENATA PARA UN PAÍS SIN SERENOS

Autores: Lluïsa Cunillé y Paco Zarzoso. Intérpretes: Lola López, Miguel Seguí. Madrid: Teatro Lagrada, hasta el 17 de enero. Buenos Aires: Teatro Regio, del 22 al 24 de enero. Pamplona: 24 de febrero.

A la calidad de la escritura y la buena factura, dentro de su modestia, de los espectáculos de la compañía valenciana, en esta ocasión cabe sumar la calidad de la composición musical, interpretada con hondura por la joven instrumentista, que con su violonchelo da a hijo y a madrastra réplicas cuyo sentido se desprende del color de la música y de la respuesta recibida. En estos bien acordados diálogos entre voz humana e instrumento, se acusa el salto entre el lenguaje musical, abstracto, y el naturalismo de la lengua hablada, salvo en un par de ocasiones, en una de las cuales Seguí ensaya brevemente el recitativo cuasi operístico, recurso que de emplearse más ascendería dos escalones este espectáculo tan sugerente.

 14 ENE 2016 

 

Serenata para un país sin serenos, veinte años alerta

Todo se lo debemos a nuestra afición

Publicado el Sábado 16 de enero de 2016, a las 02:43h

 

Julio Checa – La República Cultural.es

 

Con la pieza Serenata para un país sin serenos, Lluïsa Cunillé y Paco Zarzoso ofrecen una espléndida muestra de algunas de las señas características de una compañía fundada en 1995, que viene proponiendo un lenguaje teatral en permanente búsqueda y, al mismo tiempo, siempre reconocible. En esta obra, es fácil advertir la impecable factura textual ( Lluïsa Cunillé / Paco Zarzoso), servida con la reposada labor de dirección habitual (Zarzoso) y el no menos eficaz trabajo interpretativo (Lola López), que definen la trayectoria conjunta de estos tres creadores.

 

Podríamos hablar, por varias razones, de un teatro de cámara en el que a través de sutiles tramas, a veces tan opacas como inicialmente lo pudieran parecer sus personajes, se va desplegando una lúcida e inquietante reflexión sobre un tiempo, el nuestro, en el que la fragilidad de las identidades va adquiriendo peso de manera progresiva. Sin embargo, si esto que propongo pudiera aceptarse, no significaría la puesta en escena de un teatro de lo evanescente, sino antes bien de la pesada consistencia de la incertidumbre. Son ya muchas las obras que esta compañía ha dado a la escena en las que veo corroborarse esta idea. Si el pasado parece desvelarse poco a poco, la mirada de Lola López siempre se pierde hacia un horizonte impreciso. Serenata para un país sin serenos, que podría verse como una continuación del trabajo que llegó hace unos años al Centro Dramático Nacional, Hilvanando cielos (2013), nos ofrece un inquietante retrato, nada opaco, de dos formas bien distintas de espectáculo, el fútbol y el teatro, que también sirven perfectamente de radiografía social poco esperanzada de nuestro tiempo y de nuestra sociedad.

 

La historia de poder y corrupción que se nos va descubriendo durante el velatorio de un presidente cualquiera de un equipo de fútbol del montón se hilvana con una reflexión sobre el sentido del teatro (el teatro será un espacio de resistencia moral o no será), y sus formas de degeneración o de abandono. También con la problemática relación del individuo con la masa y, sobre todo, de lo que suponen las masas en nuestra memoria colectiva. El trabajo dramatúrgico (más que minimalista, esencial y directo), se apoya aquí en un recurso que además de convertirse en una solución técnica, aumenta los niveles de reflexión metapoética. Se trata de la presencia casi constante de un violoncelo (Aida García) que sustituye a menudo los parlamentos imaginarios, pero previsibles, de una multitud de personajes que interpelan a los dos personajes principales, interpretados con notable solvencia por Lola López y Miguel Seguí. Las dos partituras compuestas por Jesús Salvador y José Alamá, tan distintas y ricas en matices, no solo aportan valor diegético a la obra, sino que a menudo contribuyen a dotar de más peso a la palabra, a valorar convenientemente su necesidad, su ausencia o su exceso.

 

Todavía puede parecer paradójico que autores que reivindican el texto parezcan prescindir de una parte de él, pero ese es un asunto, como el del silencio, que las artes han superado desde hace más de un siglo, especialmente cuando se orientan hacia el ámbito del conocimiento y que, en el caso de esta compañía valenciana, no esconde su deuda con la huella del magisterio de un referente como José Sanchis Sinisterra.

 

 

 "SERENATA PARA UN PAÍS

SIN SERENOS"

CRÍTICA APARECIDA EN 

 ARTEZ -  BLAI DE ORENSE

 
  Hace casi veinte años nacía en Valencia la Compañía La Hongaresa de Teatre, en 1996, fundada por el actor, director y dramaturgo Paco Zarzoso, la actriz Lola López y la escritora Lluïsa Cunillé Salgado. Hace casi diez años, en 2005, publicaban en los Documents de Teatre del Lliure de Barcelona un manifiesto en verso libre sobre la tristeza. Unas letras que, de alguna manera, contravienen cualquier hipótesis de género o perspectiva teatral, en plan comedia, drama, tragedia, farsa... para adentrarnos en la cuerda híbrida de la poesía escénica dibujada entre palabras y silencios. Musicalidad dramática más que drama musical.

 


"Hay una tristeza esencial
La tristeza húngara
Tristeza por encima
De todas las tristezas
Cada cuál que elija su tristeza
Yo me quedo con la húngara
No es la tristeza del metal
Del enjambre
O la noche dilatada
No es la tristeza de la catástrofe
O las montañas descoloridas
No no hay tristeza que se le parezca
Sólo en las fronteras magníficas del vino
En la ausencia verdadera
Atracan en el duermevela
Las tribus tristes de los húngaros
Y el problema no es haber nacido
No ésa es otra tristeza
Y haré con tu sangre
Tintes para velas
El fuego húngaro
Que inventa abrazos
El fuego más triste
Lujuria en el túnel
Donde el mar a veces llega."


  Por entre estos versos libres se manifiesta algún lugar desde donde brota el teatro. Quizás desde "las fronteras magníficas del vino" o desde el lugar de la ausencia que el acto teatral convoca y encarna.


  En el VIII FITO (Festival Internacional de Teatro de Ourense) 2015, dentro de la programación ecléctica y comprometida desde un punto de vista sociopolítico y artístico, Ánxeles Cuña Bóveda nos ofreció la posibilidad de entrar en ese universo particular de HONGARESA, con SERENATA PARA UN PAÍS SIN SERENOS. Obra de autoría compartida por Lluïsa Cunillé y Paco Zarzoso, en un espectáculo dirigido por éste último e interpretado por Lola López, Àngel Figols y Teresa Alamá.


  La SERENATA PARA UN PAÍS SIN SIRENOS, en el Auditorio Municipal de Ourense, el sábado 10 de octubre de 2015, no pareció despertar grandes pasiones entre el público. Pero es que este teatro tampoco busca esa aclamación unánime. SERENATA PARA UN PAÍS SIN SERENOS, igual que la poética teatral de la substracción y la austeridad expresiva de Lluïsa Cunillé, nos coloca ante situaciones reconocibles pero extrañas al mismo tiempo. Atmósferas realistas con un acento teatral desasosegante. Una dramaturgia que considera el peso de los silencios y los susurros, de los ruidos, los gestos y las miradas, con igual o mayor contundencia que el peso de la propia acción verbal.


  Se trata, además, de una dramaturgia que confiere especial importancia a todo lo que proviene de la extraescena. De tal manera que el escenario y la acción visible se convierten en una especie de caja de resonancia en la que hacen eco los ruidos, los movimientos, todo lo que viene de los alrededores. El escenario es como una membrana que vibra no solo por lo que acontece directamente en él sino, también, por lo que acontece o parece acontecer fuera. Y este fuera puede ser, incluso, un fuera del tiempo presente, desde la emanación del pasado o la repercusión del porvenir, de lo inminente.  


  SERENATA PARA UN PAÍS SIN SERENOS tiene un argumento casi extraescénico: "En el funeral del presidente del equipo de primera división, el Ràpid Sport Club, muerto de forma violenta después de una paliza de unos desconocidos, su segunda mujer y el hijo de su primer matrimonio reciben, en una de las estancias VIP del estadio, las visitas de distintas personas relacionadas con el difunto."
En escena presenciamos esa serenata o tragicomedia postmortem en la que comparecen, cual espectros musicales, personas que vienen a despedirse y, a su manera, a honrar o a ajustar cuentas.


  Presentes solo están la segunda mujer, la arquitecta, y el hijo, director de teatro. Escuchamos a la afición cantar el himno del equipo y desfilar ante el féretro, a veces también escuchamos algún sonido extraño que proviene de la sala de trofeos. La caja escénica negra y el escudo luminoso del equipo de fútbol proyectado sobre el fondo, difuminándose a medida que pasa el tiempo para mutar en la imagen creciente de un lobo que aúlla, parecen trasladarnos a un no-lugar, a un limbo, como esas salas de los tanatorios. Salas de espera a ninguna parte.


  Lo más fascinante de esta SERENATA PARA UN PAÍS SIN SERENOS, en mi opinión, es la bien medida proporción de diálogos entre turnos de acción sonora verbal, de la viuda y del huérfano, y turnos de acción sonora musical con fragmentos de diversas obras arreglados para violonchelo. Una interacción dramática construida a base de la alternancia de turnos de acción sonora verbal y acción sonora musical de violonchelo. Algo parecido a eso que denominamos "diálogo telefónico" en el que solo escuchamos las réplicas de quien está delante de nosotros y adivinamos o intuimos las locuciones de quien está ausente al otro lado del teléfono, a distancia.
Igual que en el denominado "diálogo telefónico", solo se escuchan las palabras del hijo y de la mujer del difunto. El resto de comparecientes al velatorio están ausentes: se manifiestan a través de las notas musicales y del temperamento, tempo, tonalidad, dinámica e interpretación musical. 


  La dramaturgia establece la convención de una nueva manera de diálogo música-palabra, en la que los tempos y las dinámicas musicales, así como la tensión de la interacción, se ajustan de forma eficaz con el sentido y con la intención de la situación dramática.
SERENATA PARA UN PAÍS SIN SERENOS juega esta baza hasta los límites, con escenas enteras en las que reina esa interacción dialógica, o mejor dicho: dialógicomusical (Dia: a través + Logos: palabra + Música). Escenas dialógicomusicales en las que se producen anagnórisis (reconocimientos y revelaciones empáticas) que, para la recepción, resultan doblemente climáticas debido al misterio del que se invisten, al incorporar el signo verbal, decodificable semánticamente, y los fragmentos melódicos musicales que permanecen en otro nivel de percepción más sensorial. Esas escenas que juegan la convención dialógicomusical trufan la trama y complementan en nosotras/os sensaciones análogas a las que parecen experimentar los personajes de la arquitecta y el director teatral. Sensaciones extrañas como si los locales del club de fútbol estuviesen impregnados por la presencia magnánima del difunto y su cohorte de admiradores. Un padre y un marido que, muy por encima de estos roles familiares, responde al arquetipo del poder.
La luz roja sobre la violoncelista que interpreta un collage de fragmentos musicales, que son las declaraciones de los asistentes que vienen a dar el pésame, aún realza más la naturaleza sobrenatural de estas intervenciones.


  Unas intervenciones espectro-musicales que concurren en escenas plenamente dramáticas (protagonista, antagonista, objetivos contrapuestos, etc.). Véase el enfrentamiento entre la esposa viuda y el espectro musical de la secretaria del marido difunto. Los reproches de la esposa viuda a la secretaria encubridora y cómplice de las infidelidades y engaños del marido. Las escenas dialógicomusicales también facilitan la dosificación de la información, reforzando la tensión rítmica de la intriga dramática. El hecho de no escuchar la acción locutiva de las réplicas del personaje corporalmente ausente, pero musicalmente presente, y substituir esa información verbal por una analogía melódica contribuye a esa intensificación rítmica de la intriga dramática. Por ejemplo, en el caso de esa escena de conflicto entre la viuda presente y la secretaria del difunto ausente, presente solo a través del "médium" melódico, se nos hurta una información importante: la secretaria les trae la noticia de la ruina en las cuentas del multimillonario difunto. Nosotras/os nos enteramos después, cuando esa información echa por tierra otras expectativas creadas. Otra de las delicias de esta "serenata" son las bellas teorizaciones sobre arquitectura y sobre el arte del teatro, sus necesidades y vicisitudes ligadas a las de la mujer arquitecta y el hijo director escénico. La primacía de la mirada y de la piel para el arte del teatro, a decir del joven director escénico. El arte de la habitabilidad sólida, a decir de la viuda arquitecta. Hay, también, un examen de las relaciones paterno – filiales y maritales. Si algo queda patente es que somos seres marcados, por activa o por pasiva, por este tipo de relaciones. La idea de familia como empresa. La necesidad de creer en la familia y sus vínculos para que funcione. Los intereses cruzados...

 

  Todos estos asuntos y otros colindantes nos adentran en el campo de juego en el que las trampas y corruptelas en el mundo de los negocios resultan análogas a los tratos, trampas y corruptelas en el mundo de la familia y sus entresijos. El dinero del difunto multimillonario ya no está en sus cuentas de los paraísos fiscales, para goce y disfrute de la viuda y del hijo. Existe la sospecha de que fueron desviados por el testaferro y hombre de paja del padre a las cuentas de la Cofradía de Serenos, empleo en el que el difunto había ejercido cuando era un joven anónimo.


  Un enredo argumental tan extraescénico como el mismo circo fúnebre de los aficionados desfilando ante el féretro del presidente del Ràpid Sport Club. Los ecos de una extraescena que vuelven rocambolesca la escena.

 

 

                                                                                                                                                                                   Afonso Becerra de Becerreá.

 

 

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